Esta lista no pretende ser entendida como una instancia definitiva, sino como un pequeño aporte a la discusión sobre la producción sonora en el país. Toda compilación implica un duro ejercicio de reduccionismo, pero se asume el riesgo bajo la necesidad de poner en valor y reivindicar la producción contemporánea.

Resulta urgente prestar escucha a la música de nuestros tiempos. Atravesamos un periodo de efervescencia musical que no debe obstruirse debido a la falta de circulación.  

El orden es cronológico.

Encantos andinos – 2010 (Pepita García Miró y Jaime Guardia)

El maestro Jaime Guardia compila sonidos de su infancia serrana y los traduce en huaynos, yaravíes y carnavales. Su charango y la voz de Pepita invitan a la reflexión y la celebración de la vida. Chimango Lares en violín, José Guardia en guitarra y Gregorio Condori en el arpa completan la propuesta, que bien podría caberle el rótulo de súper-grupo.

Kultura Babylon – 2010 (Laguna Pai)

Antes de pegar el salto mediático, la banda lanzó un disco que revitalizó la escena reggae local. Con guitarras tintineantes, estribillos efectivos y teclados muy presentes, le dio un segundo aire a un género arraigado en la tradición. No pasó mucho tiempo para que Laguna Pai sea visto como el vehículo que debía llevar las fórmulas del reggae a nuevos públicos.

Hijas del diablo – 2011 (Los Protones)

La estela de Manganzoides supo derivar en un encendido combo instrumental que reivindica las banderas del surf rock, y por ratos, también las del proto-punk. Aquí, en su segunda placa, alcanzan la cima creativa con temas como “Chichasurf”, “20 uñas” y una memorable versión de “El cóndor pasa”. El aroma vintage de los 60, los albores del rock, resuena en cada track.

KoPpu – 2011 (Pauchi Sasaki)

Si bien no fue pensado como una unidad, sino más bien como una compilación de colaboraciones hechas para sonorizar proyectos de danza y cine, se pueden leer vasos comunicantes entre las piezas. El inquieto violín de Pauchi experimenta con otros artilugios electrónicos generando paisajes y mundos que no podrían definirse sólo como música abstracta. Puede escuchar el disco completo en este link https://pauchi.bandcamp.com/album/koppu

Súbele a la radio – 2011 (La Nueva Invasión)

Nuestra idiosincrasia mixta pareciera indicarnos que la música peruana por antonomasia es fusión. Los hijos de las olas migratorias vienen a remarcarlo con este álbum contestatario y explosivo. A través de una retórica ‘achorada’, con cuotas de sarcasmo e irreverencia, y recogiendo aportes del punk, chicha, cumbia y música andina construyen temas multicolor.

Caracoles – 2011 (Kanaku y el Tigre)

Galerías de arte y jardines escolares fueron los primeros improvisados escenarios donde sonó el proyecto de Bruno Bellatín y Nicolás Saba. El boca a boca y los videos de celulares subidos a Youtube propagaron la propuesta. Caracoles irradia un intimismo que no hace extrañar la presencia de dispositivos eléctricos. Minimalismo sensorial en clave indie folk.

Kuntur – 2011 (Lucho Quequezana)

Una producción bisagra en la carrera de Quequezana. Nadie presagiaba que el disco más vendido de ese año en Perú sea un trabajo instrumental inspirado en la música tradicional andina. Una relectura respetuosa y aggioarnada de los cimientos de la cultura peruana que resultó una pieza de consumo masivo inesperada. Sus números dejaron atrás a Coldplay y Adele.

Cocaína – 2012 (Cocaína)

El rock and roll local parecía experimentar un letargo hasta el sacudón que pegó con estos 11 explosivos temas. Desenfadadas letras con guitarras veloces y sucias, es lo que proponía esta nueva agrupación liderada por Ignacio Briceño. La aspereza y energía fueron sus mejores cartas de presentación. 

Sincronía – 2012 (Las Amigas de Nadie)

El cambio de rumbo sorprendió a muchos menos a ellas. Con el refrescante “Cápsula” habían ganado una importante legión de seguidores, pero latía internamente la necesidad de trasgredir las fronteras del pop convencional. Intensificando el uso de samplers, el remix y las distorsiones, Las Amigas de Nadie construyen texturas que las aproximan más al noise pop.

Ayahuaska – 2012 (Vieja Skina)

Un acto purista, casi romántico, extraído de otros tiempos. Vieja Skina va al rescate instrumental del ska tradicional. Contando con aportes en producción de Mad Proffesor, el disco resulta una fina expresión del género que aportaría las bases a otros estilos como el dub, el rocksteady y el reggae.

Viaje – 2012 (Danitse)

Cantarle a la soledad y el desarraigo también puede ser un ejercicio cargado de vitalidad. Recogiendo matices del indie folk, pero sobre todo del Gypsy Jazz, Danitse y su guitarra nos invitan a un viaje emocionalmente gozoso. Como señala una de las líneas del disco, sin sufrimiento la vida pierde encanto y profundidad.

La Alianza Profana – 2012 (Dengue Dengue Dengue)

Una de las corrientes musicales más exploradas en el presente siglo son las que conectan la música tropical y la electrónica. El dúo formado por Felipe Salmón y Rafael Pereira es unos los principales responsables del posicionamiento de la también llamada cumbia digital. En este disco debut capitalizan el interés por reivindicar la cumbia psicodélica de los años fundacionales.

La crisis del segundo disco – 2013 (Francois Peglau)

En 2011, el ex El Ghetto y Fuckin Sombreros estrena su proyecto solista lejos del país. Dos años después, con maletas en mano, Francois dejaba Inglaterra para volver a radicarse en Perú. En su equipaje también traía 13 canciones recién grabadas. Los temas están atravesados por sus descubrimientos de la flamante paternidad.

Fiesta para los muertos – 2013 (Alejandro y María Laura)

El dúo da un salto de madurez importante respecto a la propuesta más soft mostrada en “Paracaídas” (2011). Aparecen con fuerza los pedales y los sintetizadores, y, sobre todo, los claroscuros. Definitivamente aquí terminan con cualquier intento de encorsetarlos como una pareja que hace canciones. Es un binomio creativo que explora sonidos y los conecta con emociones.

Aguas de Marte – 2014 (Moldes)

Música impredecible, donde resulta difícil presagiar el rumbo de cada track. Advertencia, hay que estar alertas a continuas sorpresas. Eclectismo que excede la etiqueta noise al que se suele asociar al grupo de Katia de la Cruz y Efrén Castillo. Su primer disco fue disruptivo, pero éste nos generó adicción sonora.

Rosa – 2014 (La Lá)

Una voz melodiosa y cadenciosa nos envuelve, casi hipnotiza, con 13 canciones compositivamente sólidas. El registro sorprende. Por ratos susurrante, y cuando se requiere se torna dulce, enérgico y voraz. El alter ego de Giovanna Núñez recupera el valor de la interpretación vocal como instrumento director. La mejor aparición de la década en el circuito.

Está bien por ahora – 2015 (Juan Gris)

El registro semi-casero, carente de cuidadas mezclas de estudio, juega en favor de esta manifestación sincera de indie rock. A través de relatos cotidianos, el trío proyecta intimidad y complicidad. La estética lo-fi hace sentido con el carácter sencillo de las composiciones. “Mientras más complejo eres más frágil te haces” es una línea del disco que bien puede entenderse como declaración de principios.

Pangea – 2015 (Ale Hop)

Tras la pausa de Las Amigas de Nadie, Ale Hop (Alejandra Cárdenas) ahondó en la experimentación sonora. El formato de este proyecto redefinió los parámetros del momento. La envoltura electrónica de los temas estuvo acompañada por piezas audiovisuales que completaban la experiencia sensitiva. Ale Hop se ubicó en la vanguardia de la transgresión artística local.  

El regreso de los brujos – 2016 (Ancestro)

Stoner rock en estado puro. De corte instrumental, la banda trujillana deposita toda la fuerza en la ejecución: guitarras duras o psicodélicas cuando resulta necesario, riffs oscuros que aportan densidad y el sonido cavernario de la percusión. Ancestro se ha ganado un lugar relevante en nuestra activa escena stoner que ya ha trascendido fronteras.

II – 2016 (El Aire)

El conjunto comandado por José Javier Castro es uno de los pocos que podría considerarse de culto en nuestro circuito. Después de 20 años, revisita los temas que habrían constituido su accidentada segunda placa. El resultado es sorprendente. Canciones de otros tiempos con líneas de guitarra eléctrica que muestran que hay formas de ser melódico sin caer en el canon armónico.

El Hombre Misterioso – 2016 (El Hombre Misterioso)

Con catorce años de trajín encima, la banda liderada por Santiago Pillado lanza el mejor disco de su carrera. Que el álbum homónimo haya llegado a estas alturas no es casual. Pareciera  hablar de un nuevo inicio. Una refundación sonora, en la que el rock fusión le abre paso al post-punk, al indie y, por qué no, a la experimentación. 

Renacer en la tormenta – 2016 (The Fallen Symmetry)

Una expresión sublime del power metal actual. La gran pericia interpretativa se completa con el poderoso timbre vocal de Gustavo Fernández Zaferson. Después de un correcto debut cantado en inglés, la poderosa agrupación apuesta por el castellano generando temas coreables. Mientras todo ocurre, la batería, a doble bombo, nos ataca sin piedad.

Rimay Pueblo – 2016 (Liberato Kani)

La atención sobre su obra debe superar cualquier enfoque exótico. Lo que hace Ricardo Flores, de raíces apurimeñas, es apropiarse de un género urbano y reivindicar a través de la palabra un idioma (quechua), una forma de comprender el mundo. El disco cuenta con el aporte de otras figuras relevantes del rap peruano como Pedro Mo y Renata Flores.

Nueva Ola – 2017 (Santa García)

Durante 23 minutos, el proyecto personal de Roberto Espinoza nos invita a un viaje autoreflexivo. Canciones con tono confesional, interrogan sutilmente los demonios internos. Seis canciones redondas, que recogen matices de jazz, progresivo, folk, generan una atmósfera propia, difícil de etiquetar. Atentos a este nombre. Debemos seguirle la pista a Santa García.

Procesión – 2017 (El cuarto de juegos)

Expresión del sincretismo de dos corrientes aparentemente distantes: el folk europeo y la música andina. En este trabajo las influencias convergen armónicamente, sin fisuras, formando un todo común. Se agradece aquella honestidad en la apropiación cultural. El disco carece de posturas convenidas.

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On Gaz – 2017 (A. Chal)

¿Trap, hip hop o R&B? quizás todo junto es lo que propone en el disco este artista que desde muy chico no supo de fronteras definidas. Creció físicamente lejos de su Perú natal, en EEUU, pero se aproximaba a través de la música que escuchaban sus padres. Ya se presentó en Lollapalooza y en el mercado anglosajón empieza a jugar en otras ligas.

Rosa Cruz – 2018 (La Mecánica Popular)

El grupo encabezado por Efraín Rozas vino del futuro para mostrarnos que nunca se acabarán las formas de explorar el sabor latino. Con una base rítmica de salsa dura, intervenida con jazz, electrónica experimental, La Mecánica Popular en este segundo álbum consolida un sonido propio. Lisérgico, psicodélico, hecho para un mundo donde todo es posible.

Albatros – 2019 (Mundaka)

Aquí el cuarteto extiende sus fronteras sonoras. El aporte de instrumentos sinfónicos (vientos, cuerdas) cobra protagonismo y refuerza el dream surf con toques que remiten más al jazz o swing. Albatros es un disco digerible pero sofisticado, de temas cognoscibles sin dejar de ser profundos. Tras superar la alta vara del primer álbum, Mundaka se perfila a la plenitud.

Fantasmas – 2019 (Tourista)

Sacudiéndose de las fórmulas ya probadas del pop en “Colores paganos”, Tourista captura las sonoridades urbanas del momento. Ciertas pulsiones rítmicas del trap matizan esta producción que evidencia otras formas de interacción desde el indie. Una obra con un sonido verdaderamente contemporáneo.

Hechicero – 2019 (Cotito)

Emotivo y estilizado homenaje a los principales cultores de la extensa y rica música afroperuana. El cajón, la quijada de burro y la cajita son las herramientas que usa ‘Cotito’ Medrano para sumergirnos en un rito mágico, inscrito en otra dimensión. Después de unos segundos de escucha, en estado hipnótico, casi que percibimos sonrientes a ‘Chocolate’ Algendones, ‘Mangüe’ Vásquez y Victoria Santa Cruz.