ORIENTE TRÍO

ORIENTE TRÍO

2020

Lanzamiento digital

Escribe: Francisco Melgar Wong

Cuando Bareto lanzó Cumbia (2008) transformó por completo la escena local, inaugurando y liderando un revival de cumbia amazónica cuya recepción fue amplificada gracias al surgimiento de un puñado de artistas plásticos cuya estética también estaba enraizada en temas y técnicas provenientes del oriente peruano. De hecho, el más emblemático de estos jóvenes artistas, Christian Bendayán, fue el responsable de la portada del disco, donde se aprecia a una sirena emergiendo de un caudaloso río amazónico como si de una voluptuosa Venus tropical se tratase. La referencia que Bendayán parece estar haciendo aquí a El Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli no puede ser casual: Cumbia trajo un nuevo paradigma estético a la música popular hecha en el Perú y desde su lanzamiento -gracias a versiones de Juaneco y su Combo y Los Mirlos ampliamente difundidas en las actuaciones de Bareto y en los medios masivos de comunicación- la cumbia amazónica, que había sido prácticamente ignorada en Lima durante su apogeo creativo a mediados de los años setenta, se convirtió en la música preferida, primero, de un sector acomodado de cierta juventud limeña y, luego, de una multitud de oyentes dispersos a lo largo y ancho del territorio nacional. El revival vino acompañado de la reaparición de algunas de las figuras pioneras del género, así como de la reedición de discos y canciones en sellos locales e internacionales. En la ciudad de Nueva York, más específicamente en el barrio bohemio de Brooklyn, apareció un bar llamado Chicha Libre, donde un grupo integrado por franceses y estadounidenses interpretaba efusivamente canciones de Los Mirlos y Juaneco y su Combo. De un modo imprevisible y francamente curioso, durante algunos meses el Perú se convirtió en el epicentro de una incipiente escena transnacional de revival de cumbia amazónica. Pero contra lo que dicta la lógica del revival -que añora la fuente de origen como la esencia mítica a la que se debe regresar- las renovadas versiones del génreo grabadas por Bareto poseían un encanto que no sólo parecía homenajear a los pioneros, sino que, en ocasiones, incluso los superaba. Una parte de este encanto se debía a la sección de vientos -que les proporcionó un mayor cuerpo a las canciones- y otra a Joaquín Mariátegui, un joven guitarrista limeño poseedor de un estilo versátil, una tonalidad cálida y fraseos siempre claros e inteligentes. Mariátegui y su guitarra permanecieron en Bareto hasta la grabación de Impredecible (2015), quinto y, hasta el momento, último álbum de estudio de la banda. Tras su salida el músico pasó a formar parte de dos proyectos: el grupo de ska instrumental Los Calypsos, donde retomó la línea musical que Bareto tenía antes de pasarse al rubro de la cumbia, y ORIENTE TRÍO, un combo completado por el contrabajista Jerónimo Morán y el baterista Juan Francisco Chávez Cosamalón.

La propuesta musical de ORIENTE TRÍO tiene muy poco que ver con lo que uno podría esperar de un ex integrante de Bareto. El álbum debut de la banda, ORIENTE TRÍO (2020), no trae de vuelta a la poderosa sección rítmica hecha de bombos, campanas, güiros, maracas y congas que en Cumbia sincopaba en férrea sintonía para hacer mover las caderas de los oyentes hasta conducirlos a un sudoroso y tropical éxtasis en la pista de baile. Por el contrario, la percusión se reduce prácticamente a un tambor y un platillo con los que Cosamalón fabrica ritmos espaciados y minimalistas, en ocasiones reminiscentes del sonido de la lluvia sobre un techo de calaminas o del distraído repiqueteo de dedos que un pasajero podría hacer sobre el techo metálico de un taxi mientras observa absorto el paisaje que se despliega frente a su ventana. El contrabajo, por su parte, se mueve entre una puntuación sobria y un puñado de núcleos melódicos que se repiten como mantras o loops pregrabados. A diferencia de lo que ocurría en Bareto, la versión de un clásico de la cumbia amazónica en ORIENTE TRÍO sitúa a la melodía de la guitarra sobre una sección rítmica que no le guarda fidelidad alguna a la versión original, y que en ocasiones se asemeja más al loop de un disco de trip hop que a la descarga de una orquesta tropical. La parte cantada de la canción -me refiero a “El llanto del Ayaymama” de Juaneco y su Combo- es aprovechada para deshacer la filiación con el son cubano que poseía la grabación primera y trasladar el coro a un conjunto de voces lejanas que, en lugar de ocupar el rol principal en la mezcla, es utilizado como una suerte de textura, como un telón de fondo que le añade atmósfera y profundidad a la canción. Hacia la mitad del tema la guitarra -procesada para ser escuchada al revés- se une con el bajo y la batería, convertidos en un loop hipnótico, y crear en conjunto un pasaje eminentemente sónico. Al versionar esta canción Martiátegui y compañía se apropian de un clásico de la cumbia amazónica para despojarlo de su función de entretenimiento y convertirlo en un objeto de pura contemplación sonora. Esta función también puede percibirse en temas como “Manan Kanchu” y “Naima”, donde los músicos usan los mismos recursos -los mínimos posibles- para trabajar una atmósfera brumosa e impresionista que la guitarra atraviesa valiéndose de contornos melódicos que remiten a la música andina, la cumbia amazónica, el jazz moderno estadounidense y la música popular senegalesa.

Con todo, la propuesta musical de ORIENTE TRÍO sitúa a la banda en un lugar problemático dentro de la escena local. Su objetivo parece ser la satisfacción del placer estético en el oyente, y lo busca desde una clave minimalista y contemplativa, con un oficio musical inmenso, pero modesto y de perfil bajo, poco usual entre los seguidores de Bareto, o de la cumbia amazónica, o, en términos más generales, de prácticamente cualquier música popular hecha para bailar. Tampoco es fácil situarlos dentro de la escena local de jazz, aunque algunas de sus canciones mantengan la estructura de tema-improvisación que caracteriza a este género musical, principalmente porque esta escena está acostumbrada, en la mayoría de los casos, a la imitación creativa de estilos foráneos, a la fusión evidente con la música afroperuana, a la patente agresividad en los arreglos orquestales o al orgulloso virtuosismo de los músicos solistas. Vale preguntarse: ¿estamos frente a un sorpresivo momento de innovación dentro de la música tropical en el Perú, uno en el que ésta deja de ser música de baile para convertirse en un objeto puramente estético? ¿O estamos frente a una apuesta local por un nuevo estilo de jazz tropical en clave atmosférica, impresionista y minimalista? Podrían pensarse ambas cosas, dependiendo del punto de escucha del oyente y del contexto en que ORIENTE TRÍO se sitúe. Algo es seguro: nunca antes había escuchado algo así.